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Cristina Piña

Thursday, 7 de November de 2013


Magia, paz y luz son las tres palabras que primero vienen a mi cabeza al pensar en la casa/atelier de la diseñadora Cristina Piña.

Hace solo un par de años que presentaba su primera colección en Valencia Fashion Week y actualmente se ha convertido en una de las diseñadoras con mayor proyección del diseño español.

A Cristina el oficio le viene de lejos ya que tuvo su primer contacto con este mundo en el taller familiar donde aprendió la costura tradicional.

Su casa, que es una bonita extensión de sus colecciones, esconde piezas y complementos muy especiales, como los bolsos de madera diseñados por su padre, o los penachos con plumas por su marido.

Un atelier encantador que te hace sentir dentro de un cuento

Un lugar decorado con amor, pasión y carácter, tal como hace Cristina con cada una de las piezas que diseña.


– Casa y atelier todo en uno, ¿cómo has jugado con la decoración para darle ese punto de atelier y conservar toda la magia de un hogar?

Tanto el atelier como la casa son un claro reflejo de mis gustos, mis  inquietudes y de cómo soy yo, así que ha sido fácil conjugar ambas cosas. En realidad, mi profesión es algo que llevo tan dentro que el atelier forma parte del hogar, igual que mi trabajo forma parte de mi vida.

La luminosidad es el elemento principal y el color blanco el protagonista en toda la casa. Para darle calidez he jugado con tonos empolvados y con madera en algunas zonas. En contrapunto a esto y siguiendo con la línea de luminosidad, la mayoría de los objetos decorativos son de cristal o en tonos plateados y/o dorados.

– 3 elementos que no pueden faltar en tu casa.
Flores frescas, libros y revistas de moda y algunas piezas de decoración vintage.
– Un truco para trabajar y vivir en un mismo espacio y no volverte loca.
Es un poco complicado, pero lo importante es saber desconectar del trabajo. Si te digo la verdad, aún no he encontrado el truco y me cuesta bastante separarlo, tanto que en ocasiones he llegado a levantarme de la cama para ir a hacer un boceto al atelier antes de que las musas me abandonaran.
– ¿Cuál es el lugar de la casa donde Cristina Piña diseña y se inspira?
Mis dos zonas preferidas para trabajar son el atelier y la terraza.
– Recibir a diario clientas que acuden a ti buscando diseños únicos debe ser muy gratificante, pero ¿no se te acaban las ideas?
¡Nunca! Siempre he sido una persona muy imaginativa y creo que mi archivo creativo es infinito (jajaja). Lo importante es empatizar con la clienta, si consigues esto, todo fluye fácilmente.
Desde hace ya un tiempo también diseñas novias, ¿qué te llevo a dar ese gran paso?
Cuando empecé a diseñar no me planteé hacer novias, pero un día llego una novia a mí y el trabajo me pareció fascinante. Tanto que desde entonces no he parado.
Que una novia te elija para un día tan especial es un orgullo y una gran responsabilidad, así que trabajo muy duro.
A nivel profesional me permite desarrollar la parte creativa de mi trabajo continuamente. El procedimiento con cada novia es muy parecido al que desarrollo con cada colección, porque debo conocer la inspiración de su boda, meterme en su cabeza y crear el vestido con el que siempre ha soñado. Es precioso.

– Desde tu primera colección, Copacabana, a esta última, La Habana 1948,  han pasado 2 años y cientos de vestidos por tus manos, ¿cómo ha sido la evolución en tus diseños?

Creo que hay una evolución muy clara entre estas dos colecciones. El espíritu es el mismo, prendas artesanales con especial atención en la calidad de los tejidos y de la confección, pero he aprendido mucho en este tiempo y eso se refleja en cada patrón, en la ejecución de cada prenda y en la madurez de la colección en general.
Conservo la esencia a la hora de crear, sigo rescatando lo que más me gusta de décadas pasadas, pero ahora lo hago con una mirada diferente.
– ¿Cuál crees que es tu seña de identidad a la hora de diseñar?
Creo que la feminidad y la sofisticación son señas de identidad muy claras de mi trabajo.


Texto: Federico. R.
Fotos: Alberto Ortiz Rey

Publicado por Alberto Ortiz Rey en 10:59

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